lunes, 13 de octubre de 2014

Colegio, dulces recuerdos



Mi paso por el sistema educativo desde la Primaria hasta el Bachillerato, siguió una trayectoria lineal y monótona ya que, al tener dos hermanos mayores quienes hasta su paso a la Universidad, estudiaron en el Colegio Lope de Vega –Alcalá de Henares-  mi destino, ya estaba sellado de antemano, por lo que mis huesos también dieron a parar a la misma institución, casi de por vida.

Este hecho como pueden imaginarse, marcó mi formación académica. Los profesores del hasta entonces para mí nuevo colegio, no sólo conocían a mis hermanos –famosos ya de por sí, por sus excelentes notas- sino que también, me conocían a mí y a mi fama de oveja descarriada,  sin tan siquiera las clases a ver empezado, por lo que ellos contaban ya, con una larga lista de prejuicios hacia mi persona. Para más inri, “estudiante modelo” era el calificativo más lejano para definirme, por lo que no sólo hube de aguantar la ignominia y presión de los malos resultados, sino que también, el peso de mis apellidos y de las hazañas académicas anteriormente cometidas por mis predecesores las cuales, me hundían en el peor de los fangos de las presiones.

Huelga decir, que este colegio no contaba ni conocía ningún tipo de recursos educativos complementarios como podían ser, un laboratorio de idiomas o incluso una biblioteca en condiciones –ni tan siquiera un maltrecho proyector-. Su método de enseñanza instaurado desde la E.S.O hasta el Bachillerato,  se basaba en la visión clásica del alumnado como elemento pasivo, siendo el profesor quien soltaba torrentes de información, convirtiendo las lecciones en una serie de discursos insufribles desde mi perspectiva de adolescente.  Así mismo por si fuera poco, estos amargos tragos eran complementados  con largas listas de tediosos deberes –transformando nuestros libros en complejos  galimatías-, dando como resultado a una desesperación casi existencial, ante la presión de tratar de deglutir por parte de los estudiantes, una tarea que ni de lejos se comprendía.

Esta dinámica, se veía sustentada desde la dirección, quienes se desgañitaban una y otra vez, por instruir a los profesores en el “Leitmotiv” que guiaba a la escuela; “Labor Omnia Vincit” –el trabajo todo lo vence-. Este lema de lúgubre recuerdo, irónicamente similar al “Arbeit Macht Frei”-el trabajo libera-  presente en los campos de exterminio nazis, era aplicado a rajatabla en las aulas, de tal manera que sólo aquellos estudiantes a priori “más brillantes”, podían seguir el acelerado ritmo autoimpuesto a la hora de adquirir conocimientos, cayendo el resto en un oscuro limbo educativo.

Recuerdo aquellos años –correspondientes a 1ºy 2º de E.S.O- como tiempos de desmotivación. Vagaba perdido por las aulas, camino de convertirme en otro número más en la ya de por sí, larga lista de fracaso escolar. Sin embargo, un buen día –se que parece de cuento, pero la realidad a veces supera a la ficción-  mi profesor de Conocimiento del Medio, cambió mi devenir estudiantil utilizando tan sólo, un poco de empatía y profesionalidad. Este hombre –cuyo nombre prefiero omitir- era ya un veterano de la jungla, que algunos llaman aula. Peinado en canas ya, servía como se dice en Castilla tanto para “un roto como un descosido”, me explico. Lo mismo un día, los regios directores del Colegio –ni que decir, que se trataba de un colegio concertado- le ordenaban explicarnos ecuaciones de segundo grado, como al día siguiente las oraciones subordinadas, el ciclo del agua o donde ganó Alejandro Magno sus medallas.

Así pues, esta situación que hubiese desesperado a cualquier docente –y no sin razón- repercutiendo en última instancia en la formación del alumnado, absorto ante tanto cambio de pieles de nuestro enseñante, a él -y juzgando con la perspectiva que me dan ahora los años- esta situación lejos de atormentarle, parecía motivarle más a la hora de desempeñar  su labor como educador. Más tarde descubrí, que quien ama algo con toda su alma, emprende siempre ese algo con entusiasmo ya que para él –o ella- va más allá del trabajo, es su vida entera.

Por lo tanto, en esas estaba yo, hastiado del colegio, más parecido a un Alcatraz sin rejas, cuando este profesor me llamó por mi nombre –el resto, solía hacerlo por mis apellidos como habrán supuesto-. Esto ya captó un mínimo mi atención, ya que con este sutil detalle por su parte, acababa de diferenciarse del resto de docentes. A continuación, me invitó a salir con él al pasillo. Yo aquí, -como se pueden imaginar- desconfié absolutamente de él, temiéndome un nuevo castigo y somatizando ya las futuribles represalias que aquel, tendría sobre mi persona. Nada más lejos de la realidad. Me sonrió y me habló de tú a tú, sin aquel muro de autoridad que siempre me había encontrado en la relación profesor-alumno. “Me he informado sobre ti –me dijo-,  se que tienes un gran potencial distinto al de tus hermanos, pero no por ello menor. Te reto a que lo demuestres, no a mi porque ya sé de que estas hecho, sino al mundo. ¿Te parece bien?. Venga, volvamos a la clase y no olvides lo que te he dicho, confío en ti”.

Esas fueron sus palabras y la verdad, que me sorprendieron ya que nadie hasta entonces me había dicho que confiaba en mí. Por lo que ahora era esclavo de las mismas, ya que no podía ni quería defraudarle. Y así hice, aprobé su asignatura con mucho esfuerzo y horas de desacostumbrado estudio. Sintiendo cada vez más, la llamada del saber, por conocer como se articulaba el mundo en el que me hallaba adscrito.

 Recuperé todas las asignaturas pendientes de 2º de la E.S.O que presagiaban un futuro oscuro como repetidor y comencé por primera vez en mi vida, a aprender. Hasta hoy, en el cual –quien lo diría- con un título universitario bajo el brazo, me dispongo a seguir la senda de uno de los pocos maestros, que puedo considerar como tal ya que desde entonces –y ya con algo de experiencia en esto del estudio- he encontrado de todo.
A profesores preocupados por vomitar los temas ya que así se lo exigían a él, sin valorar si se piensa, o si se comprende la historia. Profesores autoritarios, con más alma de dictador en potencia que de educador. Profesores risueños, llenos de buenas intenciones, decepcionados y cansados por un sistema educativo que les cortó la inicial alegría por enseñar. Pero maestros de verdad, he tenido la suerte de contar únicamente con dos –que ya es mucho- los cuales, me legaron más allá de los conocimientos, una enseñanza de vida. 

Sé que pueden preguntarse porque motivo no me cambié de Colegio si tan terrible era. La razón y siendo honesto conmigo mismo,  es que pasé de ser a ojos del centro, un estudiante de los de segunda clase, carne de cañón de los cursos de diversificación o “diver” como así los conocíamos nosotros,  a los de primer nivel, los llamados a hacer grandes proyectos en nuestras vidas, lo cual el trato para conmigo mejoró. También supongo que me acomodé en este peculiar estilo de enseñanza y siempre siguiendo el modelo de mis hermanos, decidí al igual que ellos, concluir mis estudios íntegramente allí.

 Así pues, la E.S.O significó para mí el motor del cambio,  el nacimiento de unas vivas ganas de aprender, el ímpetu de leer todo aquello que caía en mis manos más allá de las cuatro paredes que conformaban el aula. Y el descubrimiento –ya de forma más tardía en Bachillerato, por otra parte el periodo más divertido de la escuela- de la capacidad oculta, por expresar mis sentimientos en palabras, a veces enrevesadas, a veces claras y oscuras como el alba, de forjar poesías. Pero eso, ya es otra historia.

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